Por: Gabriel Garay - Escritor y docente
La primera infancia, etapa importante en la vida de las personas, sin embargo, hay algunos elementos sobre los cuales debemos detenernos para repensar con la esperanza de que se atienda y se privilegie este momento único en la vida de un ser humano.
Si bien es cierto que la nutrición en esta etapa es fundamental, también lo son las experiencias con el lenguaje que viven los niños porque sientan todos los cimientos para los aprendizajes posteriores. Por ello, es necesario que las instituciones —familia, escuela y los gobiernos regionales y nacionales— se interesen por las experiencias que vivirán estos niños, porque el empobrecimiento de las experiencias supone —y supondrá— un empobrecimiento de la vida. ¿Qué provoca? Una barrera de acceso a la cultura y, sobre todo, oportunidades de vida.
Resulta entonces necesario que los niños vivan experiencias de juego, exploren su medio, tengan la posibilidad de expresarse a través del arte, de la fantasía: un desarrollo que brinda la literatura. Ahora, esta última, como se observa en nuestra realidad, suele estar alejada de los niños. Las razones son obvias: las distracciones que provoca hoy la tecnología. Un ejemplo son los juegos digitales que los abruman, seducen y atrapan. A esto se suma la escasa responsabilidad del adulto que deja mermar, adormecer, una capacidad en pleno desarrollo. ¿Cómo podemos desear un crecimiento de la lectura si en casa, en la comunidad, los niños observan cada vez menos ejemplos lectores?
Es, y será, importante volver la mirada a la literatura, tanto oral como escrita. Ver a esta no solo como un pasatiempo, también como herramienta fundamental de la imaginación, la creatividad y la comunicación. El mundo de la infancia pide, exige, claro, de nuevas posibilidades de crecimiento. Adentrémonos en su mundo, palpémoslo. Comprenderlo y comunicarlo es nuestro objetivo, un objetivo común y posible por la literatura infantil.

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